Escrito por Jorge Velasco / Nº 260 /  20 agosto 2018
Suicidio adolescente: Estar atentos a las señales para prevenir

Evitar el suicidio no es fácil, pero es posible, y requiere de un trabajo largo y de mucho cariño de parte de todos quienes rodean a la persona que quiere terminar con su vida. Lo esencial es llegar a tiempo y buscar la asesoría adecuada. Para ello, es fundamental estar atento a las señales y ser capaces de comprender que las razones nunca vienen solas, sino que son diversas y profundas.

Primero fue un alumno de la Alianza Francesa de Vitacura, quien, tras ser suspendido nueve días por haber sido sorprendido con marihuana en el baño del colegio, se suicidó el 31 de agosto de 2017. Este año, en tanto, fue Katherine Winter, una estudiante de 17 años del colegio Nido de Águilas, la que en mayo fue encontrada muerta en un baño de una cafetería: habría sido víctima de bullying -tanto físico como a través de las redes sociales- de parte de varios compañeros del establecimiento educacional al que asistía. Para terminar con su sufrimiento, decidió quitarse la vida.

Sin embargo, los expertos señalan que el suicidio es la culminación de un proceso multicausal y que, por diversas razones, está aumentando y dando de qué hablar en Chile y el mundo.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), en todo el orbe un millón de personas mueren por suicidio cada año, lo que representa una tasa de mortalidad de 14,5 por cada 100.000 habitantes. Es la 13º causa de decesos a nivel global y es la tercera causa de muerte en personas entre los 15 y 24 años en Estados Unidos y América Latina.

En Chile, en tanto, el suicidio es el segundo motivo de muerte no natural, solo superado por los accidentes de tránsito, y se encuentra en aumento. Según el Ministerio de Salud (MINSAL), si el 2000 hubo una tasa de mortalidad por suicidio de 9,6 por cada 100.000 personas, para 2009 esta cifra había subido a 12,7, con 2.148 fallecidos por esa razón aquel año.

El suicidio adolescente es aún más dramático, ya que llegó en ese mismo periodo a 18,5 por cada 100.000 habitantes en nuestro país, un número superior al promedio nacional y del mundo. Sin embargo, esta cifra oculta una realidad todavía más compleja, ya que se calcula que por cada suicido que se concreta, hay al menos, entre 10 y 15 intentos.

“En la edad adolescente, por el proceso biológico que viven las personas, hay una mayor vulnerabilidad para tener conductas de riesgo. Es una etapa en la cual el objetivo de la persona es la definición de identidad, con muchos cambios en el ambiente y de manera interna. No solo se trata de alteraciones hormonales, sino que también hay una morfología cerebral que no descansa. Eso causa mayor intensidad, oposicionismo y dificultad para respetar las reglas. Si a eso le sumamos que los adolescentes están en un ambiente que, en este momento, es muy desafiante, se hace mucho más fácil que caigan en conductas de riesgo”, explica María Paz Santibáñez, psiquiatra infanto juvenil y terapeuta del Grupo DBT Chile, una organización que, a través de la metodología de la Terapia Conductual Dialéctica, ayuda a las personas a regular las emociones y resolver problemas por medio de estrategias de validación, aceptación y cambio.

¿Qué hacer ante esta realidad? ¿Cómo prevenirla? ¿Cómo reaccionar? En los últimos años han aparecido en Chile diversas fundaciones, organizaciones y metodologías que les permiten prender las alarmas a padres, amigos y establecimientos educacionales, como también comprender mejor cómo reaccionar ante las crisis desatadas por comportamientos riesgosos que pudiesen tener los adolescentes y las personas en general.

Causas profundas

El suicidio, en especial el adolescente, es un hecho doloroso que deja una serie de secuelas y preguntas en amigos, compañeros, profesores, hermanos y padres. Es lo que le tocó vivir a Paulina del Río, cuando su hijo José Ignacio se suicidó en 2005, con 20 años. El término de una relación amorosa lo dejó mal. Pero, confiesa su madre, “ella no tuvo nada que ver. Era él, tenía algo adentro, algo que lo torturaba”. Fue algo que José Ignacio le confirmó en una ocasión en que ella lo invitó a viajar a Nueva York para cambiar de aire y levantarle el ánimo. “Mamá, no depende del lugar donde esté lo que a mí me pasa”, le dijo.

El suicidio es producto de un proceso interno que va viviendo una persona y que va decantando hasta llegar a una serie de conductas riesgosas y hasta terminales, como cortes, abusos de sustancias, intoxicaciones con medicamentos, ideación suicida e intento de suicidio.

“No podemos establecer solo una causa o razón. Más bien debemos entender esta conducta como resultado de una compleja interacción de factores. Se nos hace muy difícil explicar por qué algunas personas deciden cometer suicidio, mientras otras en una situación similar o incluso peor, no lo hacen. A pesar de lo anterior, la mayoría de los suicidios pueden prevenirse”, relata una tesis escrita por la psicóloga clínica Carolina Barrueto, del Grupo DBT Chile.

Entre los motivos que llevan a un joven a realizar una acción peligrosa o suicida, aparecen diversos factores de riesgo. Entre ellos, la herencia biológica o genética lleva a que algunos tengan una mayor sensibilidad frente a ciertos eventos. “Sienten una intensidad mayor en sus emociones, con una dificultad para retornar al estado basal. Frente a un estímulo que a cualquier persona quizás no le provocaría una emoción intensa, a ellos sí”, comenta Trinidad Undurraga, psicóloga clínica del Grupo DBT Chile quien, junto a un grupo de otras seis terapeutas, conforman el área DBT Colegios, dedicada a realizar clases  en establecimientos educacionales para realizar intervenciones en crisis y establecer estrategias de prevención para adolescentes con conductas de riesgo.

A ellos se suman los factores ambientales, que corresponden al contexto social como la familia, los padres, el colegio y los amigos. En este ámbito, es importante que los jóvenes se sientan parte de una red donde prime la colaboración por sobre el individualismo y la competencia. “Nunca las personas habían gozado de tanta libertad en su toma de decisiones, pero no tienen dónde caer. Y eso es lo que entregamos acá: tejemos redes para que los chiquillos caigan y pueda descansar”, dice Paulina del Río, presidenta de la Fundación José Ignacio (nombrada así en honor a su hijo), que ayuda a personas en riesgo de suicidarse.

Es en este ámbito donde la familia desempeña un rol esencial: ¿cuánto tiempo le dedican los padres a sus hijos?; ¿cubren sus necesidades emocionales?; ¿cómo se sienten los niños con su vida?; ¿protegen a los niños de abusos sexuales, físicos, psicológicos o bullying?; ¿fomentan los padres la tolerancia a la frustración para que sus hijos afronten mejor las dificultades de la vida?; ¿es la familia un lugar que acoge y apoya a los niños y jóvenes ante sus dificultades?
Hay que distinguir, sin embargo, entre los factores de riesgo y los gatillantes que detonan la toma de una decisión suicida. Aquí figuran aspectos como el bullying, el término de una relación amorosa, tener una pérdida familiar o una pelea importante. “Las redes sociales son uno de los estresores más grandes que hay en este momento. Conseguir más likes puede afectar a una persona. El acoso a través de las redes, la exposición o ver que hay una fiesta a la que al joven no convidaron pueden hacer más compleja la situación para un adolescente”, comenta la psicóloga clínica del Grupo DBT Chile, Verónica Díaz. A las redes sociales se suman otros detonantes como el bullying -acoso o violencia virtual o directa en forma permanente en el tiempo-, el abuso de sustancias, sentirse parte de una minoría sexual o la alta exigencia escolar. Sin embargo, estos son solo la última expresión de una situación mucho más compleja.

Buscar un alivio

Algunos tratamientos para prevenir el suicidio intentan otorgar un alivio al dolor que el adolescente quiere quitarse de encima, a través de la muerte o de ciertos actos suicidas. “El intento de suicidio y las conductas de riesgo, como por ejemplo los cortes, son una solución momentánea para aliviar el sufrimiento, generan un alivio inmediato al dolor, funcionan como un refuerzo negativo, esto es real y tiene una explicación biológica. Sin embargo, es una solución a corto plazo, ya que a mediano y a largo plazo, solo empeoran la situación vital de la persona. Por eso, uno de los pilares de la Terapia Conductual Dialéctica es el entrenamiento en habilidades para enseñar al paciente nuevas conductas alternativas adaptativas (sanas) de manejo emocional, explica Anna Katherina Kalbhenn, psicóloga clínica del Grupo DBT Chile.

Los caminos para hacerlo no son exclusivamente de orden médico. De hecho, estudios realizados por los CDC (Centers for Disease Control and Prevention) de Estados Unidos, determinaron que el 54% de los suicidios en los últimos años fueron realizados por personas sin una enfermedad mental conocida. Si bien esta cifra no indica que, en efecto, no padecieron alguna que no estuviera diagnosticada, amplía la mirada hacia los tratamientos multifactoriales.

Los motivos para el suicidio y, por lo tanto, los caminos de solución son diversos y hay que abordarlos desde todos los sectores, incluyendo a la familia, el colegio, los amigos y organizaciones comunitarias. “El suicidio y las conductas de riesgo sí se pueden prevenir, pero hay que saber cómo hacerlo. Esto significa generar herramientas a nivel parental, escolar y personal del niño”, afirma el Equipo DBT Colegios.

“Por ejemplo -comenta la psicóloga clínica del Grupo DBT Chile, María Angélica Muñiz– a los adolescentes se les pueden enseñar estrategias y habilidades para prevenir que caigan en conductas de riesgo. Hay situaciones que sí o sí se van a producir. A un joven no lo van a invitar a todas partes, no va tener siempre la misma cantidad de likes que el de al lado o van a producirse situaciones que lo molesten. Por lo tanto, la prevención se basa en que cuente con instrumentos que le permitan manejar esas situaciones”.

“Cortarse o tomar un medicamente en exceso son conductas desaptativas. No son adecuadas. Por lo tanto, lo que se busca es que los jóvenes logren un alivio a través de conductas socialmente adecuadas”, agrega Pilar Berroeta, psicóloga clínica del Grupo DBT Chile.

Fundación José Ignacio

Fundación José Ignacio (www.fundacionjoseignacio.org) nació gracias a la experiencia y el impulso de Paulina del Río, pero también por la asesoría y el aporte de José Andrés Murillo, presidente de la Fundación para la Confianza, quien colaboró para que esta iniciativa tomara forma y obtuviera su personalidad jurídica en 2014.

Ambas instituciones tienen sinergias. Fundación para la Confianza trata a personas que han sufrido abuso sexual infantil, algunas de las cuales han tenido pensamientos suicidas. Hoy comparten sus instalaciones. “Contenemos en la crisis, porque a nosotros llega gente que está muy mal. Lo que hacemos consiste en escuchar, acompañar y derivar a psicólogos y psiquiatras según sea la necesidad”, afirma Paulina del Río.

La fundación ayuda a evitar el suicidio de niños y jóvenes, a través de reuniones y actividades con ellos, como también por medio de capacitaciones y talleres para padres, profesionales y otros agentes de prevención. Hasta ahora, ha atendido a 500 personas, aproximadamente, ya sea en forma personal o a distancia. Si bien la mayoría de las consultas la realizan a gente poor sobre los 18 años, los adolescentes representan un porcentaje importante.

Señales concretas

Existen diferentes caminos para evitar los suicidios, pero Paulina del Río encontró uno muy humano: escuchar. Dos o tres años después de la muerte de su hijo, comenzó a participar en blogs donde los jóvenes buscaban métodos para suicidarse. Ella escribió en ellos un mensaje contundente: “Mi hijo se suicidó. No tuvo quien lo escuchara y yo les ofrezco hacerlo. Escríbanme”. Le empezaron a llegar correos electrónicos desde distintos lugares del mundo. Ella les contestaba. Sin escándalos, con cariño, respeto y empatía. Preguntaba qué les sucedía y cuáles eran los motivos y los jóvenes comenzaron a responder. Se trató de un proceso que se extendió durante cinco años, desde fines de 2007.
Paulina decidió hacer algo a partir de toda esta experiencia. Empezó a estudiar: cursó dos diplomados en psicología, leyó todo lo que cayó en sus manos sobre el tema y se especializó en Estados Unidos sobre intervención en crisis suicidas y formación de facilitadores que ayuden a la prevención y acompañamiento para enfrentar estas situaciones.

En el año 2013 quiso formalizar lo que hacía y decidió formar la Fundación José Ignacio. “Si queremos disminuir las tasas de suicidio, todos tenemos que aprender, saber del tema. La teoría que más me hace sentido es que la persona que se suicida es alguien que quiere poner fin a su dolor. Yo sé que José Ignacio hubiera querido seguir viviendo si hubiese visto una manera de vivir feliz o tranquilo”, comenta.
Para prevenir el suicidio, lo primero que recomienda Paulina es estar atento a las señales que dan los adolescentes. “Hay que saber distinguir qué es lo que puede ser peligroso de lo que es normal a esa edad. Es bien complicado; por eso, hay que analizar también el contexto. Mientras más señales haya, mayor es el riesgo”, dice.

“Hay ciertas conductas que son esperadas en la adolescencia y otras que no y que son señal de alerta. Se espera, por ejemplo, que el estado de ánimo fluctúe, que aumente la conciencia del sí mismo, que haya mayor irritabilidad y desgano, que aumenten los conflictos entre padres y adolescentes y que haya mayor aislamiento. También, que el adolescente tenga ganas de experimentar con ciertas sustancias, pero es de riesgo y señal de alerta para el padre, que el hijo esté en una conducta más abusiva o esté vendiendo drogas o dejando de hacer actividades que hacía normalmente por consumir”, ejemplifican Anna Katherina Kalbhenn y Verónica Diaz, quienes recomiendan que los padres se capaciten para saber cuáles son las conductas esperables y cuáles no en los adolescentes. “Si saben la diferencia entre lo que es normal y aquello que no lo es, tendrían una mayor capacidad para identificar y derivar”, afirman.

Pero una señal muy importante, enfatiza Paulina del Río, es que los jóvenes se sientan un estorbo o una carga o se sientan atrapados sin una salida clara. Y hay aspectos más específicos, como hablar o escribir sobre la muerte, deshacerse de cosas muy queridas o despedirse de personas cercanas. “Los chiquillos dan muchas más señales de lo que uno cree, solo que no las sabemos interpretar”, afirma la presidenta de la Fundación José Ignacio.

¿Cómo pueden reaccionar los padres ante una crisis? El primer paso es preguntar. “Hay algo que los papás no nos atrevemos, pero que debemos hacer: preguntarles a nuestros hijos si han pensado en matarse. A uno le tirita hasta el pelo, pero hay que hacerlo”, dice Paulina. A su vez, agrega, deben cuestionarse cuáles serían las razones o condiciones para que estén tan doloridos que ven la muerte como un alivio. “En el 99% de los casos, la persona no quiere morir, sino poner fin a su dolor”, señala.
Finalmente, en tercer lugar, hay que disminuir las presiones y las demandas de los padres hacia sus hijos. “Algunos están pensando en suicidarse porque no se atreven a decirle a sus padres que no les gusta la carrera en la que están. Muchos tienen una sensación de que tienen que cumplir con las expectativas de sus padres y de la sociedad, pero no se la pueden”, concluye Paulina.

DBT Colegios: Una vida que valga la pena vivir

La Terapia Conductual Dialéctica o DBT, es una terapia desarrollada especialmente para pacientes adultos y adolescentes con desregulación emocional, descontrol conductual severo, impulsividad, emociones intensas, caos interpersonal, conductas de autodaño y/o intentos suicidas. Actualmente, dicha terapia se ha ampliado a otros tipos de pacientes como, por ejemplo, con trastornos alimenticios, adicciones y también a adolescentes en colegios, con el fin de prevenir conductas de riesgo.
DBT es un tratamiento conductual dialéctico centrado en la enseñanza de habilidades psicosociales y basado en la Teoría Bio-social, la cual señala que los problemas se desarrollan a partir de la interacción entre factores biológicos y ambientales, los que en conjunto generan una dificultad en el manejo de las emociones.

El objetivo de DBT es la construcción de una vida que valga la pena vivir, por medio de la regulación de las emociones y la resolución de las conductas problemas, a través de estrategias de validación y aceptación.
DBT Colegios es una adaptación de la Terapia Conductual Dialéctica para la población escolar. Lleva los mismos principios y estrategias de dicha terapia a los establecimientos educacionales, con el fin de prevenir conductas de riesgo en adolescentes escolares y/o intervenir cuando se han consumado conductas suicidas o de autoagresión.
María Angélica Muníz, explica algunas de las estrategias que se enseñan:

Mindfulness: Se refiere a la adquisición de habilidades para que el adolescente tenga conciencia de lo que siente y piensa en un momento determinado, para que aprenda a darse cuenta de lo que le sucede, tener autocontrol y elegir en forma libre si realiza una actividad riesgosa o no.

Regulación emocional: Habilidades para observar, identificar y expresar emociones en forma efectiva.
Efectividad interpersonal: Técnicas para conseguir los objetivos en la interacción con otro, manteniendo una buena relación con esa persona y también el respecto personal. Permite tener la capacidad de decir que no o pedir lo que se necesita de manera asertiva.
Tolerancia al malestar: Técnicas conductuales que se orientan a aceptar, no juzgar y acoger el dolor de una crisis como parte de la vida. Buscan bajar la intensidad emocional, para tolerar la crisis de una mejor manera, no responder de manera impulsiva y sobrellevarla mejor.

Validación: Se trabajan la aceptación personal y el cambio a través del conductismo.

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