Escrito por Christian Ramírez / Nº 260 /  20 agosto 2018
Ver al otro, ser el otro

Los grandes filmes para niños suelen ir cargados de dobles y triples lecturas, pero una de las más fecundas es aquella que los vuelve vehículos de empatía, acogida y compasión. Muy pocos alcanzan esas cumbres. He aquí algunos.

Ocurre cerca del comienzo de Toy Story: Buzz Lightyear está parado al borde de la cama de Andy Davis, el chico de 6 años que acaba de recibirlo como regalo. La nave/caja del astronauta de juguete está volteada, “destruida” a un costado de la almohada: su misión ahora es comenzar a explorar los alrededores y, mientras lo hace, por un costado de su casco se asoma un sujeto larguirucho vestido de vaquero. Dice llamarse Woody, dice que la superficie de este planeta es “su lugar”.

Así de extraño, así de raro es mirar la película con los ojos de Buzz, con los ojos del extraño que llega sin que lo inviten a un mundo de juguetes con reglas preestablecidas, que posee su héroe sin fallas -Woody- y toda una corte de personajes llamados a interpretar las fantasías, los cuentos salidos de la imaginación de Andy. No tiene mucha opción: el viajero interestelar se pasará el resto de la película primero tratando de liderar la pandilla -en su calidad de nuevo juguete preferido-, pero después intentando encajar y sumarse al resto. Volverse “parte de”, en vez de lanzarse solo y por la libre.

En cierta medida, muchos de los mejores filmes infantiles -esos que, vistos a una edad temprana, se quedan con uno el resto de la vida- contienen en el corazón de su relato el doble gen de la empatía y la acogida, la imperiosa necesidad de sentirse recibido por el otro, pero solo a costa de que antes hayas comprendido quién es ese otro, cuáles son las cosas que lo mueven y lo conmueven. Entender hasta qué punto tú y él quieren lo mismo, son lo mismo.

Es lo que vincula al pequeño Atari Kobayashi y con los cinco perros exiliados que le ayudan a buscar a su mascota, en la muy reciente Isle of Dogs (2018), pero atención: también es lo que empuja a Pinocho en el clásico de Disney a tener malas juntas, en su llegada a la Isla de los Juegos: esforzándose por ser parte del grupo, por caer bien y ser aceptado por esos cretinos, jugará hasta el hartazgo, hasta convertirse literalmente en un burro, igual que todo el resto. Solo cuando tome conciencia del amor de su padre, el juguetero Gepetto, y después de haber pasado un sinfín de penurias, el muñeco de madera comprenderá el verdadero valor de la acogida y la empatía, y de cómo ambas confluyen en algo que rara vez las películas consiguen expresar bien, porque -en rigor- carece de materialidad: la compasión. Eso es lo que, en último término, le convertirá en humano cerrando el círculo de su historia. Pero claro, no es el único -ni por lejos- en hacer ese viaje.

En un apretado repaso pienso en Elliot, el protagonista de E.T. (1982), quien parte viendo al extraterrestre como una simple criatura sci-fi, la que después se transforma en resuelto compinche y camarada de aventuras, para luego -y a medida que ambos acaban por conocerse y quererse- convertirse en una suerte de otro yo, al punto que su conducta se sincroniza, mientras E.T. empatiza más y más con la condición humana, “muriendo” incluso en una escena del filme, para finalmente regresar a su casa en las estrellas tan transformado como Elliot por la experiencia.

Algo similar le ocurre a Norman Babcock, el protagonista de la extraordinaria ParaNorman (2012), uno de los puntos altos del cine animado de esta década, no solo porque combina con mano experta dos géneros en apariencia tan incompatibles como el cine infantil y el terror, sino porque en su misma premisa se funda en la idea de acoger a otro que te aterra: a causa de sus poderes sobrenaturales, él ve fantasmas y horror por todas partes, pero a la vez es capaz de darse cuenta que los prejuicios y la desconfianza de su adormecido pueblo ante el extraño y el diferente, es lo que ha acabado por despertar a los muertos y zombificar a los vivos, creando un virtual fin de mundo.

Charles M. Schulz, el creador de Snoopy y sus amigos, no sugiere nada tan extremo, pero en La navidad de Charlie Brown (1965), su primer filme animado junto a Bill Melendez, pone el dedo en la llaga al retratar a una comunidad que se burla del más débil y lo aísla, sin pensar en las consecuencias: enviado a buscar un árbol de pascua, Charlie Brown elije el más endeble y desvalido. Todos se ríen sin piedad, pero luego se tragan sus palabras cuando llega el momento de mirar al otro y ver que el verdadero espíritu de la Navidad no está ahí, que se construye entre todos. Fuertes y débiles. Conocidos y desconocidos.

Muchas veces, el “otro” no es exactamente una persona; puede transmutarse en un animal, un ser fantástico o también un espíritu. En la legendaria Kes (1969), del británico Ken Loach ese solaz llega bajo la forma de un aguilucho que un solitario niño -rechazado en su casa y en el colegio- insiste en domesticar. Él intuye que con el ave son más que amo y criatura, que el vuelo de uno puede ser también la libertad del otro. Esa lógica también se repite en la versión animada de otro cuento inglés: El gigante de hierro (1999), donde un chico recibe a una poderosa máquina proveniente del espacio, solo para comprobar que, en la medida que el robot comienza a ser cazado por el ejército, es él -en teoría el más débil- quien debe acudir como protector. Para el japonés Hayao Miyazaki, en cambio, la empatía no emana del contraste entre supuestos contrarios, sino está inserta en cada cosa: tal como le ocurre a los niños de Totoro (1988), que un buen día conocen al espíritu que vive en el bosque adyacente a su casa -un ser gris, bonachón, gordo y dormilón- no se trata de solamente “ser en el otro”. La verdadera compasión emana de “ser en el mundo”.

Lo que nos lleva de regreso a Toy Story, pero a la número 3 (2010): han pasado muchos años y Andy está a punto de marcharse a la universidad. Woody, Buzz y sus amigos pasan gran parte de la película evitando ser separados, regalados a distintos niños que tal vez no los quieran como hizo su dueño original; de suerte que al final, y tras un sinfín de correrías es el propio Andy quien acaba por regalarlos a Bonnie, una niña que apenas conoce, pero en la que reconoce el mismo germen de fantasía que una vez lo animó a él. El círculo de empatía se ha cerrado, y se abre otra vez.

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