Escrito por Priscilla Heiss P. / Nº 262 /  25 octubre 2018
Benditas emociones

Las emociones determinan el día a día de las personas. Por eso, aprender a reconocerlas y escucharlas es fundamental en los procesos educativos y en la vida cotidiana. Hablamos con Mónica López, psicóloga experta en felicidad, acerca de este tema fundamental en el desarrollo de los niños. Photo by Caleb Woods on Unsplash

Por años las emociones eran guardadas en el clóset y los niños partían al colegio bloqueando penas, miedos, ansiedades o rabia. Simplemente no era correcto llorar, contar, expresar o patalear. Pero enseñar a los niños a conocerse y a que sepan distinguir qué les sucede y cómo se sienten, ha ido cobrando importancia para su desarrollo en la sala de clases y en la vida diaria.

Para la psicóloga experta en felicidad, Mónica López, la clave está, precisamente, en mostrarles mecanismos que les ayuden a incorporarlas a su día a día, ya que son una herramienta esencial para criar niños felices.

¿Qué importancia tienen las emociones en la sala de clases y cómo se pueden tratar para mejorar el proceso educativo?
– Es fundamental entender que no existen emociones “buenas y malas” o “positivas y negativas”, ya que todas cumplen una función y pueden sernos de ayuda. Así, anular la posibilidad de que se expresen sería dañino finalmente para las personas. Por este motivo, debemos entender que existen emociones agradables y otras que pueden ser más difíciles o desagradables de sentir, pero que igualmente son todas necesarias. Sería un primer paso para acogerlas y reconocerlas como parte de la experiencia humana, aprendiendo a relacionarnos con ellas de modo saludable.

Por ejemplo, más que evitar o anular la pena, el miedo o la rabia –lo cual genera mayor ansiedad, desconexión y una futura falta de empatía con emociones de otros– se busca ayudar al niño a reconocer qué emociones siente, ponerles nombre (identificarlas) y aprender formas diferentes de relacionarse con ellas y expresarlas en forma saludable. En este sentido, la sala de clase puede ser un espacio de aprendizaje para ir regulando la expresión emocional, lo que podría ayudar a vivir las emociones sin dañar a otros ni a uno mismo. Cada niño se puede dar momentos para desarrollar la habilidad de calmar la intensidad de la emoción con apoyo de los profesores y compañeros, pedir ayuda, confiar lo que siente a otros, darse un tiempo para respirar, decantar y volver a reinsertarse en la actividad, en vez de forzarse a seguir como si no hubiese ocurrido nada.

¿Qué recomiendas a los profesores para poner esto en práctica?
– Los profesores pueden ser en sí mismos modelos en este tema: por ejemplo, contándoles a sus alumnos cuando su perro está enfermo. Así les fomentan la empatía, porque luego esos niños seguramente le preguntarán cómo sigue el perro y aprenderán desde pequeños lo que significa apoyar a otros.

Es también importante dar espacios de conversación sobre qué cosas los ponen tristes o les dan susto o rabia, hablar sobre qué hacemos cuando eso nos ocurre. Además, es recomendable darles a conocer estrategias, técnicas de mindfulness, relajación, gratitud, generosidad, compasión y autocompasión. Cada niño puede desarrollar la voz amable que todos llevamos en nuestro interior.
Asimismo, es relevante estar atentos cuando los niños puedan estar pasando por un momento complejo. Es ahí cuando una conversación en privado genera un vínculo más seguro de confianza y respeto. Hay que ver formas de ayudarlos, de manera coordinada con padres y profesionales. Todo esto es necesario para acoger las diferencias individuales que presentan y que influyen en su proceso de aprendizaje.

Monica-Lopez-262Quién es
Mónica López es psicóloga de la Universidad de Santiago de Chile, experta en felicidad y mindfulness, directora del Instituto del Bienestar. Investigadora, columnista en Revista Buena Salud, conferencista y speaker TEDx 2013. Autora de El Libro de la Generosidad: Inspiraciones para crear un mundo más amable (Grijalbo).

Relaciones positivas

Para Mónica López, lo que más aporta a la felicidad de los niños en el colegio es que sientan que tienen relaciones positivas en él, que hay buenas amistades, profesores que creen en ellos y que los ayudan a desarrollar sus capacidades. Poder jugar y reír. “Alentar a cada uno en base a sus fortalezas, no exigiendo exactamente lo mismo de todos, reforzándolos positivamente, tiene más impacto que la anotación negativa, la estigmatización y el castigo”, comenta.

¿Tienes alguna propuesta o táctica para el día a día?
– Sí, la risa. Un ejercicio puntual que ayuda a bajar la ansiedad y el estrés antes de una prueba, o que ayuda a aumentar la confianza y relajarse si están muy inquietos frente a alguna situación, es darse “un minuto de carcajadas”. Nuestro cerebro no distingue una risa falsa de una verdadera y se beneficia muchísimo si nos reímos, pues nuestro cuerpo se llena de sensaciones que nos hacen enfrentar de forma más positiva los desafíos. Además, comenzar a reírnos falsamente solo dura unos segundos, pues la risa se contagia y al poco rato se están riendo de verdad y compartiendo un buen momento. El estrés excesivo puede bloquear, paralizar y hacer que nuestro rendimiento no sea el mejor, por lo que la risa puede aportar a nuestro desempeño.

Las enfermedades mentales en niños también son un tema preocupante. ¿Cómo crees que se pueden prevenir?
– Con más amor. Los niños necesitan más tiempo de calidad donde puedan sentirse queridos y valorados. Muchos chicos dicen que acuden a las pantallas por aburrimiento más que porque les guste demasiado. Si nos damos el espacio para cocinar con ellos y probar nuevas recetas, salir en bicicleta, plantar una huerta y hasta ir al supermercado, puede ser entretenido. Hay que brindarles atención y no estar sólo en función del objetivo a cumplir, del “tengo que” y pegados al celular.
Conversarles más y ayudarlos a desarrollar la habilidad de dialogar, de confiar, de expresar sus ideas, sus inquietudes, incentivarlos a formarse una opinión, a perder el miedo a equivocarse, puede acercarlos más. La gran mayoría de las patologías tienen relación en sus orígenes con el miedo: temor al rechazo, al abandono, a no ser aceptados o amados por otros, inseguridad de no ser lo suficientemente buenos para merecer amor de los otros. Si ellos sienten amor de forma segura y estable de las figuras más importantes en sus vidas –padres, hermanos, abuelos– y ven que el mundo es un buen lugar para crecer y explorar, es más probable que puedan desarrollar lo mejor de sí mismos.

¿De qué manera los padres pueden ayudar a tener hijos más felices, respetando sus emociones?
– Primero, partir con el ejemplo. Revisar cómo están nuestras relaciones sociales: ¿nuestros hijos nos ven tener amistades, tratar a las personas de modo amable y tener una actitud generosa con otros? ¿Somos ejemplo de amor y de pareja correctos? ¿Nos ven felices trabajando, con nuestra vida, con tranquilidad y en paz? Debemos presentarnos como personas con pasiones, proyectos, que desarrollan el autocuidado, que se aceptan y que buscan crecer y aprender. Esto, sin duda, es una actitud que contagia, que inspira y hace que los niños sigan ese patrón.

¿Qué mirada recomiendas dar al tema de la felicidad en nuestra sociedad?
– Creo que hay que entender que se puede aprender a ser más feliz. Es una habilidad que puede fortalecerse y requiere de tiempo y esfuerzo. Hay que empezar a hacernos cargo de nuestra vida, más que esperar cosas de otros, partir por lo que nosotros mismos podemos hacer para aumentar nuestro bienestar y mejorar nuestra calidad de vida. Saber que más que el consumir cosas, la clave está en vivir experiencias, en valorar lo que ya tenemos, agradecerlo, potenciar nuestra generosidad y que la felicidad se agranda cuando se comparte con otros. Tener un propósito más allá del placer momentáneo, algo que nos saque de la zona de confort y nos ayude a florecer para entregar al mundo lo mejor de nosotros, es un paso fundamental para crear una sociedad más amorosa.

Momentos especiales

María de los Ángeles Correa, educadora de párvulos, cuenta que es fundamental que en los colegios los niños comiencen el día con un rato para contar cómo se sienten o qué esperan de la jornada. “Son los minutos más importantes. Cuando las profesoras nos conectamos con los alumnos, ellos cuentan y se abren. Es un momento emotivo en el que aparecen cosas preciosas y muy valiosas para el proceso educativo”, relata.

Enseñar a reconocer las emociones básicas -miedo, rabia, tristeza, alegría, amor y calma- es otro aspecto fundamental. En algunos colegios esto se asocia a determinados colores, con el fin de que para los alumnos sea más fácil “ponerles un nombre”. Por ejemplo: negro-miedo, azul-tristeza, rojo-rabia, amarillo-alegría, rosado-amor, verde-calma.

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