Escrito por Jorge Velasco / Nº 263 /  28 noviembre 2018
Desmanes en los colegios: Las razones de la violencia juvenil

¿Que la adolescencia es una edad en la cual cuesta controlarse y no medir las consecuencias? Cierto. Pero si a ello se le suman una crianza que no se preocupa del desarrollo emocional de los niños, reglas en el hogar poco claras, el excesivo uso de pantallas que promueven el estrés y el inicio temprano en el consumo de alcohol y drogas, el resultado puede ser muy peligroso.

El proyecto de ley Aula Segura, impulsado por el Ministerio de Educación, se tomó una parte importante de la agenda nacional en el mes de octubre. La iniciativa, que responde a diversos actos de violencia ocurridos en establecimientos educacionales durante los últimos meses, permite a sus directores contar con herramientas más eficaces al momento de enfrentar hechos graves, como expulsar o cancelar la matrícula de los alumnos responsables de manera casi inmediata y sin mayores posibilidades de apelación.

Desde que este proyecto fuera enviado al Congreso a comienzos de septiembre, se ha dado un intenso debate en los más diversos niveles. “La medida impulsada por el Gobierno resulta innecesaria y vulneradora de derechos humanos. Innecesaria porque este tipo de hechos son recogidos por el Derecho Penal adolescente y, además, porque la Ley de Inclusión ya había establecido una sanción para los casos de indisciplina que ponen en riesgo la integridad de miembros de la comunidad educativa, permitiendo la expulsión o cancelación de matrícula durante el año escolar”, reflexionaba Consuelo Contreras, directora del Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH), en una carta enviada al Diario El Mercurio.

“Lo que la evidencia dice es que todas las políticas de mano dura, entre las que se inscribe el proyecto de Aula Segura, no son muy eficientes para reducir la delincuencia en el largo plazo”, afirma Pablo Carvacho, abogado, magíster en sociología y académico e investigador del Instituto de Sociología UC. “Si una persona que cometió una conducta grave queda en la calle o sin colegio, ¿qué va a hacer? Probablemente va a seguir en lo mismo. Por lo tanto, lo único que estamos haciendo es desprendernos de quien más ayuda necesita”, continúa. Por ello, plantea, el enfoque que debe primar es el de aplicar políticas de prevención. “Cuando tenemos que reaccionar al delito es porque llegamos tarde”, afirma.

En cambio, para la psicóloga infanto-juvenil María Paz Covacevich, la visión del proyecto del Gobierno es acertada. “Aula Segura no soluciona para nada los problemas de fondo, pero sí soluciona algo que no se estaba mirando: los derechos de los que no están haciendo nada y que sí siguen las reglas. Si tenemos que dar una prioridad, entreguémosela a quienes no cometen ilegalidades. Porque hablamos de ilegalidades, no de niños que se portan mal. Esa es la gran diferencia: niños que son capaces de agredir físicamente a compañeros y profesores o que portan armas. Si bien no van a la cárcel, no pueden convivir con el resto de la comunidad mientras esto no está controlado”, comenta a la vez que llama a revalorizar el rol del Servicio Nacional de Menores (Sename). “Hay un vacío que tiene a niños con problemas de drogas, delincuencia, embarazo y abandono sin un lugar al cual acceder”, apunta.

profesionales-violencia-263Factores Protectores

Más allá del proyecto Aula Segura, para muchos ha llamado la atención la principal razón que motivó esta iniciativa: la violencia excesiva con la que han actuado los alumnos en los establecimientos educacionales durante los últimos meses. Profesores rociados con bencina, el uso de elementos explosivos al interior de los colegios, barricadas en los alrededores y golpizas a carabineros han sorprendido a varios, aunque no a todos.

“No creo que haya más violencia que antes. Si uno mira las cifras de delincuencia en Chile, el delito se ha mantenido más o menos estable en los últimos años. Los medios de comunicación juegan un rol bastante fatal en este sentido. Lo que hacen es no solo visibilizar, sino también magnificar las cosas, que en ningún caso son aceptables pero que ocurren muy ocasionalmente”, comenta Pablo Carvacho.

De todas formas, se encuentren estas conductas o no en alza, han estado presentes con fuerza en el último tiempo en los establecimientos educacionales y han sido protagonizadas por un grupo etario muy claro: los adolescentes.
En general, muchos de estos comportamientos, explica el académico de la Pontificia Universidad Católica, se explican por la falta del desarrollo cerebral  propio de la edad que se combina, al mismo tiempo, con un cuerpo que está creciendo con mucha energía. “Esa mezcla, que es típica del adolescente, hace que actúen sin pensar en las consecuencias, no midan y no sean capaces de planificar. La conducta impulsiva, agresiva, violenta en adolescentes es algo bastante común”, resume.

De hecho, detalla Carvacho, especialista en temas vinculados a sociología y cárcel, en el rango entre los 13 y 22 años es cuando se cometen la mayor cantidad de delitos. Sin embargo, aclara, una proporción muy pequeña reincide posteriormente. “Esta característica de los adolescentes -un cerebro inmaduro- se encuentra presente en toda la población de la edad y, en ese sentido, es transversal. Lo que ocurre es que, en ciertos niveles socioeconómicos, hay factores protectores que hacen que la conducta delictiva no aparezca tanto: hay padres más presentes e incentivos -como ocurre en estratos más altos- para terminar el colegio. Por el contrario, la presencia de mayores factores de riesgo en los sectores desaventajados hace que la conducta delictiva pueda florecer un poco más”.

Desarrollo Emocional

Además de los aspectos sociales que explican la violencia en los adolescentes, existen también otros de orden psicológicos relacionados estrechamente con los cambios que ha vivido la sociedad en los últimos años y que impactan directamente en los hogares y, a fin de cuentas, en los niños.

Entre los nueve y los 12 años, explica la psicóloga María Paz Covacevich, los niños desarrollan aspectos como la empatía y la integración social. Sin embargo, para lograrlo es muy importante la influencia del hogar. “Si en la casa aprecian violencia y están rodeados por ella, no se les puede pedir después que a los 18 años actúen con respeto, porque no está en su vocabulario. Son niños analfabetos en términos de cómo evaluar las emociones de otros o de las consecuencias de sus transgresiones, porque no fueron educados de esa manera”, comenta.

La falta en el control de las emociones se basa en varios factores. Uno importante es la escasez de tiempo de calidad que los padres destinan hacia sus hijos. “Están tan exigentes el mundo del trabajo y las metas que nos ponemos, que queda poca energía para contener a un niño y enseñarle. La educación emocional se puede estar dejando de lado”, dice Covacevich. A ello se suma otro elemento que ha ido en aumento: los hogares monoparentales, en los cuales una sola persona es el sostenedor económico y práctico de sus niños y que, en el ajetreo de velar por las tareas y las labores cotidianas, no tiene tiempo para desarrollar los temas relativos al manejo de las emociones.
Costumbres Familiares

Las malas costumbres, a su vez, también influyen en un desarrollo precario de los niños y jóvenes. “¿Qué hace que un cerebro no se conecte sanamente? Niños mal estimulados, agredidos, que duermen mal, que no hacen ejercicio y que se alimentan en malas condiciones. Todos esos son factores que ayudan a que un cerebro florezca en la etapa más crítica”, comenta la psicóloga.

La vida “al paso”, rápida, repercute en tener menos tiempo para el adecuado desarrollo neuronal. Pero también está la irrupción de unas viejas conocidas: las pantallas de teléfonos celulares, tabletas, juegos y televisores. “Tienen un impacto emocional que no había sin este tipo de tecnologías. Producen, por ejemplo, que haya una circulación de cortisol en el cuerpo que probablemente no habría sin ellas. El cortisol se produce con el estrés. Un niño, cuando está jugando con una pantalla, está siendo perseguido -por ejemplo- por un león. Y cuando lo están por matar en un juego como Fortnite, el niño se estresa como si fuera real. Después se va a acostar y queda con un nivel de cortisol alto, que daña los órganos y el cerebro”, explica María Paz Covacevich. Además, la inmediatez de las redes sociales produce más dopamina en el cerebro, lo que incentiva la adicción y la pérdida del control de las funciones cerebrales.

“Creo que la adolescencia explica mucho sobre el fenómeno que se está viviendo en los colegios, pero no el aumento tan abrupto de lo que los jóvenes llegan a hacer. Lo atribuyo al descontrol físico y a la impulsividad que están desarrollando por la forma en que viven. Un niño pegado a la pantalla, que se acuesta a las tres de la mañana y va al colegio al día siguiente, no puede estudiar y pensar bien. Hace cinco años que están viviendo así”, comenta.

A todo esto hay que agregar el inicio temprano en el uso de drogas y alcohol. “El consumo de drogas y alcohol en niños y adolescentes es fatal. No hay consumo responsable cuando hay menores de 18. No debiesen consumir ningún tipo de drogas ni alcohol, porque su cerebro está en desarrollo”, afirma Pablo Carvacho.

No solo se trata de que estas sustancias inhiben o retrasan el desarrollo mental de los niños y jóvenes, o que incentivan conductas más violentas, sino que pueden también despertar ciertas patologías. “Niños que a lo mejor podrían haber tenido alguna influencia familiar o herencia, sin beber no desarrollan la psicopatología y, por hacerlo, tienen una vida completa de luchar contra una enfermedad psiquiátrica, que lo detona no solo el consumo, sino su alta concentración”, explica Covacevich.
¿Qué sucede con la crisis de autoridad? Está la más evidente: la falta de respeto hacia profesores, educadores y policías, que puede ser explicada por los motivos expuestos u otros aspectos más puntuales, como los problemas de corrupción en Carabineros de Chile. Sin embargo, el tema es más profundo y apunta a cada hogar: es ahí donde los niños se mueven a sus anchas, sin reglas claras que les den seguridad o establezcan límites o con padres empoderados que desautorizan a los profesores, en vez de enseñarles a sus hijos que los actos tienen consecuencias.

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