Escrito por Magdalena Ríos / Nº 265 /  22 diciembre 2018
Navidad para compartir

Convencidas de que a los hijos y nietos se les enseña más con el ejemplo que con las palabras, tres familias realizan obras de caridad en cada Navidad. Gracias a ellas, hoy cada uno de sus miembros le ve un sentido más trascendente a esta fiesta.

 

 

 

 

 

FIESTA SOCIAL

Como sus cinco hijos -que hoy tienen entre 7 y 17 años- asistían a un colegio laico en Casablanca, Loreto Maturana y su marido, Álvaro Rencoret, pensaron en realizar con ellos alguna obra de caridad durante la Navidad, como una manera de inculcarles los valores de la solidaridad y la generosidad.

“Todo se fue dando porque me pidieron apoyar a un jardín infantil en La Vinilla, un sector muy vulnerable de Casablanca. Primero empezamos a conseguir recursos para mejorar la infraestructura, que era muy deficiente. Con los años comenzamos a celebrar la Navidad con los niños de ahí. Después incorporamos al sector de Tapihue, que es una localidad vecina, donde también hay mucha pobreza. Partimos con alrededor de 15 niños y ahora son más de 200, entre cero y 10 años. En un principio, la gente era un poco reticente, pero, con el tiempo, se empezaron a familiarizar con esta celebración navideña que hoy ya es una tradición”, explica Loreto.

En la tarde de un día de semana, después de la jornada laboral y cuando ya ha bajado el calor, desde hace más de una década se realiza esta fiesta de Navidad en una sede social, donde Loreto procura que participe toda la comuna. Pide aportes a los empresarios y dueños de campos agrícolas del sector. “Una empresa me dona la comida, que consiste en hot dogs, bebidas y helados. Cada niño tiene derecho a cabritas, una bolsa de dulces, un algodón y un regalo, además de todos los juegos que les instalamos. Va la peluquera de Casablanca, quien gratuitamente pinta las uñas y hace peinados a las niñitas. De a poco, se nos han ido ocurriendo distintas cosas”, comenta. Con los recursos que sobran, ayuda al hogar de ancianos de la Fundación Las Rosas.

Al principio, Loreto y su marido acudían a esta actividad con sus hijos pequeños, incluso en coche. Pero crecieron y ahora convidan amigos. “Para ellos es una actividad de entrega a los demás. Ayudan a repartir la comida. Hacemos unos vales, se instalan en los diferentes sectores y son los encargados de tachar lo que entregan. Para mis hijos es un compromiso y forma parte de nuestra tradición familiar. Creo que lo más importante es ser agradecido y esta actividad es un símbolo de gratitud que le da un término al año. Somos familias bendecidas, a las que no les falta nada. La fe se vive en actos y esa es la forma de agradecer”, concluye.

SOLIDARIDAD “ACHOCLONADA”

Con el objetivo de que sus 10 hijos, nueras, yernos y, sobre todo, sus 56 nietos sacaran el foco de atención en los regalos de Navidad, a Ana Luz Ossandón y a su marido Carlos Cuevas se les ocurrió, hace ya varios años, que toda la familia hiciera una obra de caridad cercana a esa fecha.

“La idea fue que le quitáramos el perfil regalo a la Navidad y tratar de que a los niños se les metiera en la cabeza el concepto de ayudar y dar una alegría a personas más necesitadas, que no han tenido sus mismas oportunidades”, explica su hijo Andrés Cuevas (siete hijos).

De esta forma, este verdadero choclón familiar, a lo largo de mucho tiempo, en una fecha cercana a la Navidad, visitó distintos hogares de ancianos y de menores. En otras oportunidades, como parte de las actividades de la Fundación Mi Parque, partió todo el grupo a ayudar a construir plazas en comunas más vulnerables.

“Hicimos varias plazas en sectores de escasos recursos, sobre todo en la parte norte de Santiago, en Lampa y Polpaico, que son lugares muy áridos y con escasa vegetación”, cuenta Andrés. La Fundación Mi Parque proveyó todos los materiales y herramientas, y esta numerosa familia hizo el trabajo con la ayuda de algunos vecinos del sector. “La gente estaba muy agradecida, porque es una zona sin lugares con sombra”, apunta Isabel Cuevas, hermana de Andrés.

En otras ocasiones, las tres generaciones de esta familia visitaron un hogar de menores en Maipú y diferentes asilos de ancianos de la Fundación las Rosas en Santiago y Rancagua. Aparte de compartir con ellos, les organizaron el té, les cantaron, les llevaron regalos y las nietas peinaron y pintaron las uñas a las abuelitas. “Aunque éramos muchos –una verdadera invasión– estaban muy contentos y agradecidos”, relata Isabel.

Ana Luz cree que logró el objetivo que buscaba con sus nietos al idear estas actividades solidarias para Navidad. “Ninguno tiene ilusiones con el regalo y les hizo bien porque los sacó de sí mismos. Son bien solidarios, porque lo han visto desde chicos”, afirma.

Hace dos años que suspendieron esta actividad, porque Carlos se enfermó y luego murió. Sin embargo, para esta Navidad se encuentran con todas las ganas y entusiasmo por retomar. Entre sus planes está visitar un hogar de sacerdotes ancianos.

VÍNCULOS DE LARGO PLAZO

Hace más de 12 años que Patricia Velasco, su marido Eugenio del Río y sus seis hijos (entre 11 y 24 años) participan en Corporación Vínculos, cuyo objetivo es apadrinar a una familia en situación de vulnerabilidad del colegio Betterland, en Lo Barnechea.
“Su fundadora, Lily Aguilera, propuso que entregáramos la típica caja de Navidad de una manera más personalizada. Fue así como algunos matrimonios hicimos una celebración de Navidad en ese colegio y adoptamos una familia”, explica Patricia.

Les tocó un matrimonio con seis hijos. Ella ha tratado de aconsejarlos y apoyarlos, pero ha sido difícil. “Es un caso complejo, pero hay un cariño inmenso y ganas de poder hacer más por esta familia. No obstante las dificultades, hay una retroalimentación muy linda. A veces nos juntamos durante el año y Marina, la mamá y ahora abuela, me lleva un kuchen hecho por ella. Sé que ahí está todo su cariño, porque sabe cuánto me gusta lo dulce”, agrega. Además, todos los 24 de diciembre en la noche los llama por teléfono para saludarlos, porque sabe que comen todos juntos. “Es emocionante. Es el mejor regalo que podemos recibir ese día. Todos esperamos su llamada”, dice Patricia.

Ha pasado el tiempo, crecieron los hijos y han establecido el vínculo que da nombre a este proyecto. Se juntan el domingo antes de Navidad, a celebrar con una pequeña convivencia. “Tenemos un momento de oración, de canto y de compartir. Durante varios años, también buscamos qué necesidad imperiosa tenía el colegio para así ayudarlo. Queremos que este vínculo se mantenga en términos de amistad. Por eso, nos reunimos otras dos veces durante el año a celebrar a quienes estuvieron de cumpleaños el primer y luego el segundo semestre”, comenta.

En su familia, el tema social ha penetrado fuertemente y algunos de sus hijos son muy comprometidos en la realización de obras sociales. “Les he hecho ver que hemos recibido mucho y que debemos dar. Tenemos una responsabilidad. Es indispensable la acción, no sacamos nada con hablar sin hacer”, reflexiona Patricia.

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